Ya había pasando bastante tiempo desde que no salía de casa. Me refugiaba entre mis sábanas, con el televisor encendido, sintonizando las noticias. El edredón era mi fuerte. Quizá por mi personalidad obsesiva, miraba los noticieros, pese a las recomendaciones de los especialistas. Me sentía seguro en casa. Afuera, el mundo se derrumbaba. La gente moría a puñados.  

Era un jueves 25 de junio, cuando escuché decir que la cuarentena terminaría el primero de julio. Me llené de miedo. Estaba tan acostumbrado a mi nueva rutina y me resistía a tener que adaptarme nuevamente a otra. Fueron tres meses y medio bastante cortos, a decir verdad. Se fueron volando. Y a pesar de haberme contagiado y padecido el temible coronavirus, me sentía bien estando en casa. Soy un hombre bastante sociable, pero no me gusta el contacto físico.  

A medida que julio se acercaba, todos celebraban su llegada. El Instagram estaba plagado de stories, rogando que acabe junio y con él la cuarentena. Yo, en cambio, disfrutaba al máximo los días que quedaban. Mis días de aislamiento pronto terminarían.  

Entre añoranzas y remembranzas de ese largo periodo solitario, acabo el mes. La nueva normalidad había llegado. Ni bien abrí los ojos, el ruido de los autos que pasan por la avenida en donde vivo había vuelto. Sentí los bellos de punta. Disfrutaba tanto despertar cada mañana y oír el silencio, oír a las aves. Pero, la realidad había vuelto.  

Salí de mi cuarto para tomar el desayuno, la puerta de mi casa estaba abierta. Vi pasar a gente que no había visto en mucho tiempo. En ese momento, una pregunta recorrió mi cabeza: ¿es segura la calle?  

Caminé hasta la sala para cerrar la puerta, sentía el exterior como algo peligroso. La cuarentena cavó hondo en mi subconsciente y dejó grabado el mensaje: “no salgas porque hay peligro afuera”.  

No quería salir, tampoco quería que mi familia lo hiciera. Me sentí devastado cuando vi a mi hermano volver a su trabajo. Sentía que me arrebataban lo único valioso que tenía, mi familia.  

El aislamiento nos mantenía en casa, nos obligaba a estar juntos, y yo como un niño pequeño, disfrutaba mucho el cariño de mis padres y de mi hermano. En un día habitual, apenas y nos vemos las caras.  

Todo me resultaba tan raro esa mañana. ¿acaso todo fue una simple ilusión efímera? Realmente lo fue. Mi familia nunca fue así. Esto fue solo temporal, me dije. ¿Para qué necesito salir? ¿Hay algo bueno afuera? 

Si se trataba de trabajo, podía hacerlo en casa. Si se trataba de estudios, también. Encontraba tantas razones para no salir.  

Durante los primeros días de julio sentí mas ansiedad de la que pude haber sentido en los tres meses y medio que pasé enclaustrado en casa. Sentía los días pasar y todo se iba acomodando a como era antes. Lo único que había cambiado era el cubrebocas que ahora todos llevaban.  

El 4 de julio, desperté tarde. Eran casi las 11. Justo a tiempo para publicar en el diario donde trabajo (a distancia). Tomé un baño, desayuné y cumplí con mi labor. Para cuando terminé, encontré a mi madre en la cocina. Estaba sentada escuchando las noticias en la radio. Le comenté lo que me pasaba, no me guardé nada.  

“Hijo, en esta vida nada es eterno, y nada es sencillo. No hay nada que temer. La vida es así.” 

Los consejos de mi madre son un tierno susurro al alma, un ápice de energía a mi vida. Y aunque no estemos siempre juntos, nuestra comunicación es buena. Después de escuchar a mamá, me sentía más valiente, capaz de afrontar la realidad nuevamente.  

Esa tarde, más o menos a la seis, cuando mi papá volvió a casa, me preguntó si había salido a correr o hacer algo, lo miré y le dije: “no papá”. 

Mi padre es el pilar de mi familia, es roca, fortaleza. Su mirada me hizo reflexionar sobre lo que estaba haciendo con mi vida. Esa noche, cenamos juntos los cuatro. Curioso escuché lo que mi hermano y mi padre tenían para contar sobre la “nueva normalidad”. 

El 5 de julio, desperté temprano. Salí a caminar un rato. La libertad no era mala después de todo. Durante el periodo de aislamiento, salía de casa de vez en cuando, solo para cosas indispensables. Ese día salí a caminar sin ninguna razón, después de todo, podía hacerlo, nada me lo impedía.  

  • Buenos días Martín. A los tiempos.  
  • Hola, señora Maruja. ¿Cómo le va?  

Con cada paso que daba, me iba encontrando conmigo mismo, con cada persona que saludaba, me daba cuenta de que una gran parte de mis interiores echaba de menos algo que antes parecía irrelevante: la libertad.