Son las nueve de la mañana y está nublado, la caleta pesquera de Playa Blanca está muy silenciosa. Se encuentra a 40 minutos del distrito de Sechura, en el departamento de Piura, y está conformada principalmente por familias pescadoras y ganaderas. Tiene alrededor de veinte casas, algunas hechas con material rústico, un colegio primario, un pequeño local comunal y unos pocos restaurantes ubicados cerca a la orilla de la playa.

María Eche y Vicente Rivas fueron los primeros en llegar, junto a sus siete hijos. Dos de ellas, Otilia y Karina Rivas Eche nos reciben a las afueras del único colegio en la zona, la I.E. 1053 Playa Blanca. Con ayuda de las otras familias, construyeron el camino de entrada: una trocha carrozable por la que hoy llegamos hasta la playa.

«Nosotros vivíamos casi en la orilla de la playa, cuando llegamos solo había unos cuantos pescadores, nadie más vivía aquí», cuenta Otilia.

Se ve el paisaje de Playa Blanca, ubicada en Sechura, Piura. En la orilla hay pequeñas embarcaciones llamadas "zapatos" y algunas se ven en altamar.
Playa Blanca es una pequeña caleta de pescadores ubicada al sur de la provincia de Sechura en Piura, Perú. / Foto: Nicole Regalado.

Otilia Rivas es la tercera hija, tiene 24 años y tres hijos, el mayor de ocho. “Ellos tienen que aprender para que no les falte la comida, a veces no está el esposo, ellas (sus hijas) pueden salir a buscar el pescado”, sostiene Otilia.

“Somos seis mujeres y un varón y todas salimos a pescar”, cuenta. Lo hacen desde muy niñas, cuando le pedían a su madre que las llevara en el «zapatito», una pequeña embarcación con forma de calzado, y remaban para sacar los tramboyos, lisas, cabrillas o lo que el mar quisiera darles ese día. Eran una familia de escasos recursos por lo que había que ingeniárselas para sobrevivir.

Ahora que cada una tiene su propia familia, continúan con la tradición, pescando para la comida del día o, cuando hay oportunidad, venderlo ahí mismo en la playa porque el viaje hasta el mercado de Sechura es muy largo. En Playa Blanca están acostumbrados a verlas salir desde temprano, subir a sus hijos al zapatito y remar hasta la zona perfecta donde lanzar la red o el cordel.

Salen a la faena todos los días, es época de colegio, pero en temporada de vacaciones sus hijos las acompañan desde las ocho de la mañana a bordo del zapatito y cuando no encuentran pesca durante el día, salen desde las ocho de la noche y regresan a las tres de la madrugada. Están agradecidas con sus padres por haberles enseñado no solo a pescar sino a valerse por sí mismas.

“A veces dicen que una mujer no puede pescar, pero eso es mentira, porque nosotras podemos salir a pescar, tenemos los mismos derechos que los hombres”, sostiene Otilia.

La pesca es un trabajo duro, requiere de mucha fuerza de voluntad y resistencia, dos características que las hermanas Rivas Eche tienen de sobra. Karina, la cuarta hija del matrimonio Rivas Eche, recuerda con cariño a una de sus hermanas, María, quien falleció en 2019. «Ella se iba a pescar embarazada, remaba y luego volvíamos hacia la orilla». 

Los hijos son un pilar importante en su familia. «Nosotros no hemos tenido los recursos para estudiar y por eso nos dedicamos a pescar, para que los hijos estudien y sean diferentes a nosotros», dice Karina sobre sus hijos. Tiene cinco, dos mujeres y tres varones, el mayor tiene diez años y la menor apenas tres meses. A pesar de su corta edad y al igual que los hijos de Otilia, también la acompañan a bordo del zapatito.

«Con tal de que a los hijos no les falte nada, continuamos pescando», dice Karina.

Karina Rivas Eche sentada de espaldas al mar y mirando a la cámara.
Karina es la cuarta hija de la familia Rivas Eche, al igual que su hermana, aprendieron a pescar viendo a su madre. / Foto: Nicole Regalado.

Redefiniendo los papeles

En el 2021 ambas solicitaron un crédito a una entidad financiera, se lo negaron porque no tenían solvencia. A diferencia de sus esposos, no fueron consideradas como pescadoras formales, razón por la que les negaron el préstamo. Ante la necesidad de formalizarse, nació la Asociación Mujeres Sin Fronteras de Playa Blanca, integrada por once pescadoras del centro poblado. En octubre del 2021 iniciaron un proyecto piloto de engorde de tramboyo en jaulas flotantes, con apoyo del Centro de Innnovación Productiva y Transferencia Tecnológica CITE Pesquero Piura y la empresa minera Miskimayo S.A, así comenzaron el proceso de formalización como asociación pesquera.

En el Perú, la participación femenina en la pesca está presente en las etapas de procesamiento, transporte, comercialización y no necesariamente en la etapa extractiva. Sin embargo, en el caso de la Asociación Mujeres Sin Fronteras son las mismas pescadoras quienes extraen el producto y luego lo comercializan. No usan intermediarios ni vendedores, la cadena productiva está integrada por ellas.

El sociólogo piurano Martín Cornejo sostiene que «el solo hecho de que las mujeres se puedan organizar y participar a nivel social, cultural y económico en una comunidad ya es señal de un cambio. Significa dejar ese rol tradicional asignado a la mujer como las labores del hogar y la crianza de los hijos».

Para el especialista, la creación de este tipo de asociaciones rompe los estereotipos asignados en comunidades tradicionales. Además, termina con la dependencia económica de la mujer hacia el varón que surge en sociedades como la peruana.

«Eso genera que las relaciones de pareja sean más equitativas. (La independencia económica) significa que ellas pueden darle una mejor calidad de vida a sus familias y redefinir las relaciones de poder tanto en la familia como en la sociedad».

Te puede interesar La otra pandemia: el machismo que impulsa la violencia de género

No existe un registro actualizado

En el 2012 el Ministerio de la Producción (PRODUCE) realizó el primer Censo Nacional de la Pesca Artesanal en el Ámbito Marítimo (CENPAR) que registró 44 561 pescadores artesanales en las once regiones con litoral del país, de los cuales 42 806 (96,9 %) eran hombres; mientras que 1 355 (3,1 %) eran mujeres. Asimismo, en el 2013, el Censo Nacional de la Pesca Artesanal del Ámbito Continental (CENPAC) encontró que existía un total de 32 124 pescadores artesanales en los 24 departamentos, de los cuales solo una de cada diez era mujer.

En 2020, Ojo Público denunció que el estado no cuenta con un registro actualizado de pescadores artesanales. El más reciente es la Tercera Encuesta Estructural de la Pesquería Artesanal (ENEPA III) realizada en 2015 y publicada en 2018 por el Instituto del Mar Peruano (Imarpe). Dicho estudio estimó una población de 67 427 pescadores artesanales, de los cuales el 33% se concentraba en Piura.

PRODUCE no cuenta con un registro actual de mujeres pescadoras a nivel nacional, pero se pueden encontrar diferentes asociaciones de mujeres en el ámbito pesquero en los departamentos de Piura, Lima, Áncash y Arequipa.

El economista José Calderón, director de Pesca Artesanal de la Dirección de la Producción Piura (DIREPRO) estimó que actualmente existe un aproximado de 18 mil pescadores, entre artesanales e industriales. Sin embargo, en los últimos años la pesca en la región ha experimentado una baja en productividad. Para el economista, esto se debe a la depredación de las especies y el cambio climático. También es consciente de la necesidad de elaborar un censo con cifras actualizadas pero sostiene que la dependencia no cuenta con el presupuesto.

Infografía en la que se muestran los datos recogidos por el Censo Nacional de la Pesca Artesanal del ámbito Marítimo (CENPAR 2012) y el Censo Nacional de Pesca Continental (CENPAC 2013).
Infografía con los datos recogidos del Censo Nacional de la Pesca Artesanal en el ámbito Marítimo (CENPAR 2012) y el Censo Nacional de Pesca Continental (CENPAC 2013). / Illustrator. Por: Nicole Regalado.

Tradición heredada

María Eleudora Eche Panta es la madre de Otilia y Karina, tiene 62 años y 37 de ellos los ha vivido pescando. «Cuando era niña, mi papá vendió su embarcación porque no tenía hijos varones, somos seis hermanas y todas aprendimos a pescar» cuenta María mientras surcamos las olas de Playa Blanca. Es una mañana soleada y el mar está movido, los fuertes vientos arrastran al zapatito de un lado para otro, pero ella no se inmuta, es parte de su día a día.

«Si tienes miedo, el mar lo siente y se enfurece más todavía», me dice doña María. Unos metros más allá Otilia está de pie sobre su embarcación, lanzando el cordel en busca de lisas, la acompañan su esposo y su hijo de tres años. Para los pequeños, subir a la barca es como estar en un columpio, meciéndose de un lado a otro.

María Eleudora Eche Panta, pescadora de Playa Blnca, sonríe frente a la cámra mientras prepara la carnada que lanzará al mar en busca de peces.
María Eche Panta es madre de Otilia y Karina. Tiene 63 años y 37 de ellos los ha pasado pescando. / Foto: Nicole Regalado.

María tiene 30 nietos, de los cuales solo cuatro son varones. «El día que yo no esté me van a extrañar porque conmigo andan siempre, yo les he enseñado a pescar y a portarse bien». Cristy, una de sus nietas menores corre a buscar una botella de plástico que será amarrada al ancla, su abuela se lo ha pedido y ella, como buena nieta, va a buscarla.

Navegamos por más de dos horas pero no hemos tenido suerte, las aguas de Playa Blanca no dan tregua. María recoge los cordeles, prepara la carnada y vuelve a lanzarla al mar en espera de que un pez finalmente se acerque y pique el anzuelo. Poco después, la espera da resultado. Un tramboyo macho (reconocible por su color amarillo) cuelga del anzuelo y María, orgullosa, muestra lo que la paciencia puede conseguir.

María Eche sostiene el anzuelo del que cuelga un tramboyo macho de color amarillo.
El tramboyo (Labrisomus philippii) es una de las especies que abunda en las aguas de Playa Blanca. / Foto: Nicole Regalado.

Ha cultivado esta virtud desde muy joven, cuando los oficiales de capitanía le decían a ella y a sus hermanas que por ser mujeres no podían pescar y que ese era un trabajo de hombres. Con el tiempo se fue haciendo un nombre en esa zona, desde Parachique hasta Puerto Rico y las caletas ubicadas al sur de Sechura.

“Una vez me pidieron que fuera teniente alcalde de Playa Blanca pero mis hijas no quisieron, si hubiera aceptado, ahora muchas cosas serían diferentes”, comenta.

En Playa Blanca no tienen electricidad ni alcantarillado, para cargar un celular deben recorrer 20 minutos en mototaxi hasta el centro poblado de Puerto Rico, ubicado a 6.5 km. Lo mismo sucede cuando quieren ir al centro de salud. Necesitan una movilidad obligatoriamente y cuando no la hay, caminan 40 minutos a pie para llegar hasta la localidad.

Apoyo productivo

Así como “Mujeres sin Fronteras”, en Talara existe otra organización de mujeres pescadoras llamada “Mujeres empoderadas rumbo al progreso”, formalizada por el CITE Pesquero. “La formalización como pescadoras artesanales les da visibilidad frente al Estado y les permite acceder a préstamos del Fondo Nacional de Desarrollo Pesquero (FONDEPES), comenta Willian Rivera, presidente del CITE Pesquero Piura.

Rivera sostiene que en Sechura se encuentran formalizando a quince Organizaciones Sociales de Pesca Artesanal (OSPAs). Sin embargo, en la mayoría de los casos, el proceso para la formalización en la DIREPRO puede durar hasta más de un año. En el 2021 el proyecto junto a las pescadoras de Playa Blanca fue de formalización y este año es de soporte productivo y capacitación.

Los pescadotres de Playa Blanca posan frente a la cámara después de haber recibido una capacitación por parte del CITE Pesquero Piura y la empresa minera Miskimayo S.A.
Desde el 2021, el CITE Pesquero Piura en alianza con la empresa minera Miskimayo S.A. trabajan de la mano de las pescadoras artesanales en Playa Blanca. / Foto: Cortesía CITE Pesquero Piura.

El océano que las separa

María Eche y sus hijas mantienen esta tradición milenaria en un oficio que por años fue considerado solo para hombres en el Perú. Ahora mismo están esperando un financiamiento que les permita construir un bote donde instalar el motor fuera de borda entregado por el CITE pesquero y Miskimayo. Además del reconocimiento que la formalización les brinda ante el Estado, también esperan el reconocimiento de su trabajo.

“Mi mamá decía que trabajemos, en vez de esperar a que alguien nos mantenga. Pero si teníamos marido ganábamos respeto, eso sí”, dice doña María.

En una labor a la que dedican más de doce horas al día, los siete días de la semana, no tienen ningún beneficio. No tienen seguro ni baja por maternidad, mucho menos un sueldo fijo. «No quise que mis hijas se fueran a otro sitio porque aquí al menos tienen un pescado bueno para comer, en otro sitio no«, cuenta María mientras mira cómo Otilia, desde su embarcación, logra pescar otra lisa.

Mujeres sin fronteras es una asociación pionera cuyas miembros han logrado su independencia económica a punta de esfuerzo y dedicación. Pero aún les falta recorrer un largo camino que les permita acceder a derechos laborales y créditos bancarios. María, Otilia y Karina están dispuestas a hacer frente a lo que venga. Para ellas, el futuro es como el mar: no le tienen miedo.