Foto: Juan Ecca Jacinto

Por T. N. Ezerskii

Ha transcurrido medio año desde el catastrófico derrame de petróleo en Ventanilla, Lima, que fue bautizado por la prensa nacional como «el peor ecocidio del Perú». Sin embargo, desde hace más de 50 años, lejos de las lentes fotográficas y las noticias internacionales, los pescadores de Cabo Blanco luchan por preservar las especies marinas que la contaminación del petróleo les arrebata gota a gota.

La caleta pesquera, ubicada en la costa norte de Piura, convive con pozos y tuberías desgastadas que presentan fugas constantes, muchas de ellas sin detectar. Esta es la historia de un desastre ecológico lento, crónico y con un impacto incalculable en una de las zonas más biodiversas del mar peruano.

«Todo el mar era sardina muerta»

Una mañana como cualquier otra, Juan Ecca Jacinto zarpó del muelle de Cabo Blanco para pescar el sustento de su familia. Cuatro millas mar adentro, lo cegó un brillo plateado que parecía cubrir todo el agua a su alrededor. De inmediato, sus compañeros y él sintieron un hedor indescriptible. En sus 16 años de vida, Juan jamás había percibido algo semejante, fétido, penetrante… Era el olor a muerte. En la superficie del mar flotaban millares de sardinas muertas, achicharradas por el sol que se reflejaba en sus lomos.

«Nosotros nos sorprendimos», recuerda Juan. «Todo el mar era sardina muerta. Decíamos ¿por qué se habrá muerto? Inclusive cuando tirábamos el cordel, ya no capturábamos nada. (…) Y si lográbamos sacar un pescado, el pescado salía oliendo feo. Entonces nosotros decíamos que toda esa especie en el fondo del mar había caído, había visto una pudrición.» Desde ese día, hace 40 años, la sardina nunca volvió a aparecer en el mar de Cabo Blanco.

En la década de los 80, los pescadores y sus familias no conocían las consecuencias de un tratamiento inadecuado de químicos peligrosos. «Desde esa época ya había esa contaminación«, relata el señor Ecca, ya casado, con cinco hijos y dueño de dos embarcaciones. «En esa época, cuando salías a pescar (veías) el petróleo derramado que botaban al mar. Todo lo que tenía vencimiento o se les escapaba, las empresas (petroleras) lo botaban al mar. Inclusive los tanques de petróleo, aceite, solo les hacían huecos y los mandaban al fondo del mar para evitar transportarlos a tierra. No le tomábamos importancia porque en verdad no teníamos conocimiento de lo que era el tema de la contaminación».

Hoy en día, Juan sabe perfectamente la razón detrás de la muerte masiva de fauna marina que presenció aquel día. «Nunca hubo un interés de la parte de las autoridades de hacer un estudio científico para ver cuál era el motivo. Pero hoy en día nos damos cuenta que había sido la contaminación del petróleo que desapareció a las sardinas». Una contaminación que, desde aquella mañana, no hizo más que crecer.

Marea negra en la bahía de Hemingway

En los años 50, la caleta de Cabo Blanco escondía inmensos tesoros entre sus acantilados al pie del océano Pacífico. Los aficionados a la pesca deportiva de todo el mundo se embarcaban en busca de gigantescos especímenes de pez espada y merlín negro que batieron más de un récord mundial. La fama del Cabo Blanco Fishing Club atrajo a la crema y nata de la época, como Marilyn Monroe, John Wayne, Gary Cooper y Cantinflas. Pero el hombre que más dejó marca en aquella localidad fue Ernest Hemingway, quien, se dice, escribió «El viejo y el mar» inspirado en una visita de tres meses al balneario piurano.

Las décadas de gloria de Cabo Blanco quedaron atrás hace tiempo. Del Fishing Club solo permanecen unas ruinas devoradas por las dunas, y las historias que cuentan los más viejos del puerto mientras remiendan sus redes. Y el horizonte del malecón Hemingway está plagado de torres petroleras que, según aseguran los pescadores, alejaron a todas las especies.

Derrame de petróleo en Cabo Blanco
Ernest Hemingway en Cabo Blanco, sonriendo para la cámara con un grupo de pescadores en el yate «Miss Texas» (1956).
Foto: AFP / Cris Bouroncle

Y es que Cabo Blanco se ubica en Talara, una provincia de Piura estrechamente ligada a dos actividades económicas: La pesca, artesanal en su mayoría, y la extracción de hidrocarburos. La municipalidad de Talara recuenta su historia de la siguiente manera: «Hablar de la historia de Talara es en cierta forma hablar del petróleo peruano. Es hablar de una riqueza que permaneció por siglos ignorada y que de repente a mediados del siglo XIX y en el siglo XX, irrumpe repentinamente en la economía de muchos pueblos, determinando giros profundos en su vida, para bien o para mal».

«Cuando yo era joven», evoca Juan Ecca, «la pesca era abundante. Se pescaban las especies más valiosas que podrían haber, el mero, ojo de uva, cabrilla. Antes pesaban de 10 a 15 kilos, y ahora miden de 20 a 30 centímetros. Ahora ya eso es más que todo historia«.

«Ni un pozo más en nuestra zona de pesca»

La concesión petrolera de Cabo Blanco, junto a un gran trozo de costa que en papel se llama el lote Z-2B, pertenece a SAVIA, una empresa colombiana-surcoreana con un historial de negligencia, pasividad y encubrimiento. Según registros oficiales, entre 2011 y 2021, el Organismo de Evaluación y Fiscalización Ambiental (OEFA) supervisó 44 emergencias ambientales causadas por SAVIA Perú S.A en el lote Z-2B.

La cifra, sin embargo, podría ser muchísimo mayor, teniendo en cuenta que la petrolera presenta sanciones de la OEFA por no tomar medidas que frenen el impacto ambiental, y del Organismo Supervisor de la Inversión en Energía y Minería (Osinergmin) por no informar de derrames en sus tuberías y encubrir sus dimensiones reales. Por ejemplo, en julio de 2013, SAVIA reportó el derrame de 2,5 barriles al balneario de Lobitos (397 litros), pero después la Dirección General de Capitanías y Guardacostas (DICAPI) precisó que habían sido 48,57 barriles (7722 litros), es decir, 24 veces más que la cifra reportada inicialmente.

Según información de Osinergmin, en los últimos 3 años, SAVIA ha sido responsable de 53 derrames de petróleo: en 2020 la petrolera registró cuatro derrames mayores a un barril y 20 menores a un barril; en 2021 se produjo un evento mayor a un barril y 25 menores, y en lo que va del 2022 se han producido tres derrames y el hundimiento de una plataforma de petróleo en desuso.

Más allá de estas cifras, es imposible saber la verdadera cantidad del petróleo derramado por SAVIA en el lote Z-2B, debido a los vacíos en los sistemas de monitoreo, control y fiscalización. El ingeniero ambiental Gastón Cruz explica: «Las entidades que están a cargo de la fiscalización actúan generalmente después de que la alerta haya sido dada, o bien por los pescadores o bien por los pobladores, pero casi nunca es porque la propia empresa reporta, o porque ellos mismos tengan unas herramientas de monitoreo que permitan hacerlo.»

En enero de 2022, más de un centenar de pescadores de Cabo Blanco se reunieron a protestar en los exteriores de la empresa SAVIA, preocupados por su futuro laboral pues otro derrame más les impedía realizar su faena diaria. A inicios de febrero, los pescadores artesanales lograron una primera mesa de diálogo con los representantes de la empresa Savia y las autoridades locales. Sin embargo, la realización de una segunda mesa de diálogo no fue posible por los constantes cambios del gabinete ministerial.

«Yo cuando tuve la reunión con los de OEFA, los de SAVIA, la Municipalidad y todos en esta mesa de diálogo, yo les dije que si nosotros tomábamos los años que vienen estas empresas contaminando el mar en Cabo Blanco, yo les apostaría que el derrame acá es mucho peor de lo que hubo en un día allá (en Ventanilla). O sea, acá se hace constantemente.»

Juan Ecca Jacinto / Pescador de Cabo Blanco

Carlos Chapilliquén Panta, presidente del Gremio de Pescadores Artesanales de Cabo Blanco, expresa que la principal necesidad del sector pesquero es que no se construya ni una sola plataforma más en la zona: «Eso es nuestra exigencia que hemos hecho. Ni un pozo más en nuestra zona de pesca. Y que las empresas cumplan con su responsabilidad de cuidar nuestro medio ambiente y que cumplan también con los pescadores, de brindar indemnización y responsabilidad social. Y que el Estado verdaderamente monitoree.»

Derrame de petróleo en Cabo Blanco
Más de un centenar de pescadores de Cabo Blanco protestaron por los derrames de crudo. (febrero 2022)
Foto: La República

El verdadero impacto no se ve a simple vista

En enero de 2022, el Perú entero presenció el impacto del derrame de Ventanilla por medio de fotos y videos dramáticos de animales cubiertos de petróleo. Stefanie Torres, bióloga marina y presidente de la Sustainable Ocean Alliance Perú (SOA Perú), participó de los rescates de animales de Ventanilla y vio de primera mano la cara más desgarradora de la catástrofe ambiental. No obstante, la especialista explica que las consecuencias más alarmantes de un derrame de petróleo – o de muchos, pequeños y constantes – son aquellas que no se ven a simple vista.

Al contacto con el vaivén de las olas, el hidrocarburo negro se fragmenta en minúsculas partículas. Las más ligeras se desintegran y las más pesadas se sedimentan en el suelo marino. Los pescados pequeños que encuentran estos fragmentos de petróleo los ingieren pensando que son una presa y mueren envenenados. Esto genera una interrupción de la cadena alimenticia: las especies que se alimentan de los pescados pequeños, al ya no encontrarlos, abandonan la zona en busca de alimento o mueren de hambre. Gastón Cruz detalla: «Hay ciertas especies pequeñas que podrían verse afectadas en su población o en su ciclo de vida. Esto es el inicio de una cadena trófica que puede afectar a otros. Y de pronto, los monitoreos dan cuenta de que había una reducción de ciertas especies que pueden ser peces, aves o mamíferos».

Asimismo, el petróleo no solo corta de raíz la cadena alimenticia, también la invade silenciosamente. Las gotitas microscópicas de petróleo son absorbidas por las bacterias que pueblan el océano. Entonces el contaminante pasa de un organismo a otro, de bacteria a plancton, luego a los peces que alimentan a otros peces, hasta que finalmente llegan a las mesas de cientos de familias peruanas. Stefanie Torres indica que este proceso, llamado bioacumulación, «puede crear bastante desconfianza con el consumo de organismos o de recursos hidrobiológicos» entre los consumidores en nuestro país, afectando económicamente a los pescadores.

 «¿Qué pasaría si en algún momento alguno de nuestros consumidores se llega a enfermar y dentro de ellos lleguen a encontrar que el producto estaba contaminado? Directamente quedaríamos sin trabajo miles de pescadores, porque nadie querría comprar nuestro producto».

Juan Ecca Jacinto / Pescador de Cabo Blanco

¿Podemos escapar del oro negro?

Los daños ocasionados por los derrames se pueden mitigar, pero lo más importante es que no vuelvan a suceder. «Lo que tenemos que hacer como agentes de la cadena de producción y de los organismos de control es exigir que todas las medidas de prevención conocidas se realicen, y no solamente se apliquen cuando ya el derrame está ocasionado», afirma el ingeniero ambiental Gastón Cruz. A su vez, Stefanie Torres predice que la opción con menos impacto ambiental es la transición a una matriz energética sostenible. «¿Qué pasaría si no necesitaríamos tanto estos combustibles y nos iríamos más por unas transiciones energéticas?», se pregunta. Pero mientras nuestro país y el mundo dependa de los combustibles fósiles, la salud pública y el medio ambiente serán afectados.

«Si esto continúa así, no va a haber futuro», exhorta Juan Ecca. «Y eso es lo preocupante, porque vemos a un futuro que esto no mejora».

Derrame de petróleo en Cabo Blanco


Infografía: T. N. Ezerskii / Fuente: gob.pe