Preámbulo

Era un domingo quince de marzo, aproximadamente las ocho de la noche. Me disponía a prepararme la cena. Mis padres, en la misa. Un whatsapp suena en mi teléfono. Son los de la redacción. “El Perú entra en estado de emergencia desde mañana. Tenemos que hacer una nota sobre ello”. ¿Y ahora? Me pregunté. Entré a buscar información, y efectivamente, el país, desde el día siguiente, entraría en excepción. Con mucha incertidumbre y miedo atiné a escribirle a mis padres. Distanciamiento social, toque de queda, aislamiento obligatorio, eran términos que hasta entonces no conocía. Un vago recuerdo del terrorismo invadió mi cabeza. Mencionar el toque de queda trajo a mi mente las vivencias de mis padres.  

Ya reunidos todos, en familia, conversamos sobre la situación. Todo era incertidumbre. ¿Qué pasará? ¿Qué va a pasar con la economía? ¿Morirá mucha gente? ¿Cuánto durará esto? Fueron preguntas frecuentes en nuestra conversación familiar.  

Día 1

A la mañana siguiente, desperté temprano. Eran las 9am. Mi padre en casa, era raro verlo aquí. Tenía las emociones a flor de piel. La rutina que solía llevar a cabo y compartir con mi familia había sido trastocada. Sentía como si mi país hubiese entrado en una guerra. Había militares en las calles. Bastaba con pararse en la puerta, o mirar por la ventana, para ver un escenario totalmente nuevo, policías y soldados en cada esquina.  

Mi madre salió temprano, fue a la farmacia. Cuando volvió nos llamó a todos a la sala. Allí estábamos, mi padre, mi hermano y yo, sentados en el sofá y mi madre en frente, tenía una bolsa blanca bastante grande a su costado. Con el liderazgo que la caracteriza, mi madre mencionó: “Bueno, a partir de ahora, tenemos que ahorrar en casi todo. Comeremos lo que haya en la mesa, seguiremos las indicaciones al pie de la letra y trataremos de sobrellevar con calma esto que se viene. Aquí he traído algunas cosas que pueden sernos útiles.” Abrió la bolsa que tenía al costado, sacó una caja de guantes quirúrgicos, una caja de mascarillas desechables, varias botellas de alcohol, y jabón.  

Cuando mi madre mencionó “sobrellevar lo que se viene” sentí un profundo hueco en el estómago. Para mi era la incertidumbre total. Para mis padres, quizá una batalla más, de las muchas que han vivido en sus sesenta años de vida.  

Ese día aún hubo movimiento. Las personas tenían permiso de regresar a sus ciudades, o ingresar al país, en caso se encontrasen en el extranjero.  

Asimilación

El día dos, 17 de marzo, con las cosas ya más claras, empecé a elaborar una nueva rutina, no de manera voluntaria; más bien a adaptarme al nuevo estilo de vida que la crisis había traído consigo. Aislamiento, lavado de manos constante, ahorrar al máximo, escatimar en todo.  

Por primera vez en mucho tiempo almorcé con mi familia. La preocupación no se había ido, pero nos teníamos a los cuatro para darnos consuelo.  

Los miembros de mi familia son muy independientes entre sí, cada quien en lo suyo. Cada uno vive en un mundo diferente: mi padre en su trabajo, mi madre en sus quehaceres, mi hermano en sus estudios y yo en los míos. Era extraño ver a toda la familia reunida con tanta frecuencia.  

Esa noche, un suspiro de alivio vino a mi cabeza: “Bueno, podré levantarme un poco más tarde y estar aquí en casa”. No soy, ni he sido nunca un ser demasiado sociable, quizá por ello logré adaptarme lo suficientemente rápido al encierro.  

En los días siguientes, el miedo se fue disipando. Media pastilla de alprazolam para controlarlo y era asunto resuelto. Siendo sincero, disfrutaba muchísimo del silencio, la soledad de mi cuarto.  

En uno de esos días, en los que ya había perdido la cuenta, le pregunté a mi madre si quería hacer pan. Desde entonces hemos compartido muchos momentos en la cocina. Ambos hemos aprendido mucho. La radio siempre encendida.  

Escuchar a diario, cuántas personas mueren al día es doloroso, mucho más, cuando una de ellas es alguien cercano.  

Hace unos días, también, perdí a una amiga. No tenía palabras para definir lo que sentía en ese momento. Cuando me llegó la noticia, recordé que hace unos meses compartimos juntos algunos tragos.  Esa noche invité a mi madre, siendo ella la única devota de la familia, a rezar un rosario.  

Mi cumpleaños

Desperté temprano la mañana del 29 de marzo. Pasé casi toda la noche en vela conversando con mi madre. El número de muertos e infectados aumentaba. Era el día de mi cumpleaños. Honestamente, no es una fecha que me entusiasme demasiado. Nunca me ha gustado. Al llegar a la cocina, mi madre ya había hecho las compras: harina, mantequilla, huevos, chocolate, etc. Preparamos un brownie.  

Salida a la calle, un panorama aterrador

El 16 de abril, por encargo de mi padre, mi hermano y yo tuvimos que salir de casa. Salí  después de exactamente treinta días. Todo me resultaba nuevo; la pista, las veredas, el rostro de la gente. Ojalá todo hubiese sido bueno. Las calles estaban cercadas, vigiladas por agentes de la policía y el ejército. Las enfermeras corrían, todas cubiertas con trajes protectores, desde el hospital Santa Rosa hacia el almacén que está enfrente. Corrían empujando camillas, posiblemente con cadáveres de personas fallecidas a consecuencia del coronavirus. Eran un desfile de muerte, un carnaval de tragedia que me resultaba inverosímil, si no lo hubiese visto con mis ojos. La ciudad olía a miedo. 

Al llegar a casa, debí seguir el protocolo que mis papás religiosamente seguían cuando salían a hacer las compras: cambiar de zapatos, rociarme agua y alcohol por todo el cuerpo, dejar la ropa en el cesto de ropa sucia y tomar un baño. Mientras me duchaba, pensamientos intrigantes venían a mi cabeza: “¿Y si me contagié? ¿Y si el jabón no es suficiente? Estaba paranoico. Desde entonces, solo he vuelto a salir una vez. La calle actualmente es un posible foco infeccioso. No vale la pena arriesgarse.  

¿Desenlace?

 La vida ha transcurrido tranquila en casa. La ansiedad ha sido un arma de doble filo que, pese a mantenernos intranquilos la mayor parte del tiempo, nos ha ayudado a no bajar la guardia ni un segundo.  

Despierto en silencio, tomo un baño y a lo mio. juego en la computadora antes del almuerzo y por las tardes veo Netflix con mis padres. A las 5, mi madre y yo preparamos algún postre para la merienda y por las noches cocinamos juntos la cena.  

El tiempo pasa lento en casa. Me he acostumbrado muy bien a este estilo de vida solitario. No soy ajeno a la realidad, me mantengo informado, procuro leer noticias, escuchar la radio, mirar reportajes. La gente se muere en la calle, centenares en los hospitales, lo sé bien. Me inmiscuyo en la burbuja de mi soledad, aquella donde el virus no puede entrar y me pregunto ¿es este el fin?