I

La nuestra es una casa prestada, con fecha de vencimiento. De la sala nace un pasillo estrecho que la atraviesa por la mitad. Dando solo once pasos por ese corredor la puedes conocer toda: la pintura que cae a trozos debido a la humedad, los tres dormitorios desbordados, fríos y huérfanos de ventanas, un baño que siempre requiere de arreglo, pero nunca deja de estar limpio y una minúscula lavandería.

Como una ocurrencia tardía, mientras escribo este texto, me cuestiono si nuestra dinámica familiar configuró el espacio donde habitamos o si fue al revés. No hay lugar para esconderse en nuestro hogar errante y también es poco lo que callamos entre nosotros. Las puertas siempre se mantienen abiertas, la carcajada o la conversación en la sala puede escucharse en los cuartos, los rencores no trascienden al día y si lloramos, lo hacemos en silencio.

En este espacio llevaban 45 días, siete personas, un cachorro y un gato adulto.

II

La primera vez que conversamos seriamente sobre el tema, aún podía caminar (de día) sin otra preocupación que la del sol abrasador o la de evitar hundir los pies en los grandes cúmulos de tierra que había cada tanto en mi cuadra. Mi hermana, a quien llamaremos Lena, desde su cama en la que siempre rige un orden disfuncional, leía compulsivamente notas acerca de aquel virus que asolaba Wuhan.

— El problema no es la enfermedad sino el sistema de salud.

Me comentó con rotundidad, atisbando un problema que yo aún dejaba escapar. Yo me encontraba envuelta en medio de la barahúnda de opiniones que desestimaban la peligrosidad de la enfermedad, así que sin temor y con la seguridad del que se supone en lo cierto desestimé sus dudas. Para ello trastabillé en diversidad de temas: el dengue, el afán de los grandes canales televisivos con un monotema y su desinterés por los problemas que padecía a diario la gente de a pie. Polemizaba desde mi almohada, exaltada por una indignación pasajera.

Lena dijo algunas cosas más y concluyó diciéndome que la “Super Star”, combi de nuestra predilección, pronto sería un foco infeccioso. Perdida ya en la pantalla de mi celular, probablemente lancé una onomatopeya desinteresada, dando por muerto el tema.

Unas semanas después, el presidente decretaría la cuarentena.

III

Mamá puede resultar una mujer de personalidad apabullante.

— “Grandazo siempre nos decía aquel que no llora no mama”, señala con frecuencia

Este refrán sintetiza la actitud con la que enfrenta la vida. No suele callarse nada. Con mascarilla y guantes regresa del mercado zonal de Santa Rosa (llamado, también, Santa Rosa, en una escasez de creatividad o un exceso de pragmatismo). Al igual que sus palabras, su expresión corporal lo dice todo. Ahora su caminar es apresurado, sus ademanes, toscos y el ceño permanece fruncido. Estrés, cansancio y molestia. Ha pasado dos horas en una cola, pendiente de guardar distancias, con más indumentaria sobre el cuerpo de la que es soportable en una Piura a 30 grados.

Salimos de su camino, no queremos estorbar o ser víctimas de su humor gris. Luego de lavarse, concienzudamente, se sienta en la sala y sin dirigirse a nadie en particular, comienza:

— A esta gente, para peleona y revesera, nadie les gana.

IV

Luego de toda una mañana de teletrabajo, Claudia se sienta en la mesa. Su expresión es amarga, mientras revuelve la comida. El noticiero transmite el reporte del presidente y ella, sin darle una mirada, comenta:

— ¿Dejará de echarle la culpa a los piuranos?

Ni bien caen las palabras, levantan polvareda. Mamá pregunta por qué, Lena, Moisés y yo comentamos casi a los gritos y Claudia agrega:

— Si no se deseaba que la gente tomase cerveza, no debieron dar el permiso para venderla.

Mientras todos nos tropezamos al hablar, se hace evidente la disconformidad.

Un video, una fila de posibles bodegueros comprando cerveza autorizada por el gobierno le ganó una vez más el escarnio público a Piura. Consigo trajo el deleznable “en eso se gastan su bono”, cargado del siempre predecible odio hacia los pobres de parte de la clase media y alta del Perú.

“Luego si se mueren, no pidan ayuda”, indican otros. Escocen en la piel los comentarios culpabilizando al norte por sus propios muertos. Aquellos que escarban en la herida aun sangrante. Fustigando a una región por el error de algunos. Muchos de los capitalinos, ignorando su privilegio, levantan el dedo y señalan a una región que aún no se levanta después del último fenómeno de El Niño, que cuenta con un sistema sanitario precario.

Pero Perú, una vez más, es Lima y las regiones.

V

La abuela se mantiene en silencio la mayor parte del día. La cuarentena no ha cambiado mucho su rutina. Durante momentos del día mira a la distancia, perdida en una reflexión insondable. Quizá piense en su infancia en La Peña o en sus hijos allá en Lima. Ella está acostumbrada a vivir mirando hacia adentro.

El país también se mira: desigualdad abismal, sistema de pensiones abusivas, trabajadores precarizados y hospitales destartalados. El Perú acompaña a la abuela en su mirar al interior. Hacia los rincones de la casa y de nosotros mismos.