Esta vez hice caso omiso al slogan: #Yomequedoencasa. En esta crónica se relatan los motivos.

Esta vez hice caso omiso al slogan: #Yomequedoencasa.

Los motivos

Soy alguien de confinamientos selectivos. Solía cancelar la mayoría de planes al aire libre sin ningún tipo de remordimiento. Mi hermano y yo, entonces, planeábamos que nuestros días serían así, durante lo que durase la cuarentena, debido a la propagación de la Covid 19. Al principio, salíamos a la calle solo y exclusivamente los martes a comprar la comida; teníamos la idea de que este día era el menos concurrido. Sobre todo, a mí me correspondía ir hacer estas diligencias, por ser la mayor de los hermanos, tal vez.

Las circunstancias no siempre apoyan nuestros planes y proyecciones. Semanas después de la cuarentena obligatoria en el Perú, mi abuela enfermó por unos cálculos en el páncreas, necesitaba—en la misma semana del diagnóstico— una operación no invasiva que no convenía realizarla en el único Hospital de Policía de Piura. Su seguro le obligaba a realizar todos sus exámenes ahí. Esta dejó de ser una opción, ya que, al solicitar atención para ella, encontramos un hospital colapsado de policías contagiados por Coronavirus.

En consecuencia, tuvimos que solicitar un traslado de emergencia de mi abuela hacia Lima, en donde existen clínicas donde podrían recibirla sin poner los mismos “peros” que insólitamente recibíamos en las clínicas piuranas. Afortunadamente, mi abuela, contaba con un seguro heredado de mi abuelo, quien había sido policía. En Piura, se presentaron infinidad de dificultades, como solicitar 10 mil soles de garantía cuando acudimos a urgencias, incluso teniendo seguro médico; o el hecho de la falta de disponibilidad de aparatos médicos para realizar operaciones endoscópicas para extraerle los cálculos.

Después de pasar por esta situación límite. Junto con mi familia tomamos la decisión de trasladar a mi abuelita por tierra hacia Lima. Lo que me llevó a reconocer —en el trayecto— que probablemente muy pocos de quienes estábamos fuera de casa, lo hacíamos por simple diversión, irresponsabilidad o algo parecido a lo que leemos en las redes sociales, donde se resalta en los posts de amigos y conocidos, cómo con cierta fruición escriben frases cargadas de prejuicios y estereotipos en contra de las personas, que se ven en la obligación de salir a la calle, por sobrevivir a la precariedad laboral o a las extremas condiciones de pobreza.

El camino a Lima

Desde el mes de mayo, en Piura, la cuarentena ya no existía. Me estaba acostumbrando a observar vendedores informales en las calles, y esperaba que se respetase el distanciamiento social mucho mejor en otros lugares. Sin embargo, fue sorprendente al arribar a Lambayeque, Trujillo y Chimbote, cómo la gente había vuelto, casi por completo, a la normalidad de sus rutinas. Ahora todos con mascarilla puesta, claro está. Pese a la situación de mortalidad de la pandemia en la zona norte, lo más impactante fue ver una especie de convivencia forzosa que se ha producido entre policías, militares, vendedores ambulantes y ciudadanos. Los encargados de ejercer control —aun sabiendo que las aglomeraciones están prohibidas —permitían que las personas dedicadas a la informalidad y la gente del común, en general hicieran de las suyas, sin siquiera ejercer algún tipo de control para hacer cumplir las reglas de distanciamiento social. Por ejemplo, en Chimbote, se detenían, casi al azar, unidades de transporte público, en donde se trasladaban comerciantes, quienes aprovechaban para bajarse y ofrecer sus productos ahí mismo, en la calle.

Comerciantes informales. Lambayeque, Perú.

Los inmigrantes venezolanos. Población flotante sin cuarentena

A lo largo del camino, me encontré con algo que es difícil de percibir durante el confinamiento y esto es la situación actual de los inmigrantes venezolanos en nuestro país. Se les veía movilizándose de una ciudad a otra, desde el norte hacia Lima. Todos buscando lo mismo que hace años: cubrir las necesidades básicas de su familia.

Hace un año, según una publicación del diario Gestión, el 90% de los venezolanos en el Perú tenía trabajo, sin embargo, solo el 9% contaba con trabajo formal. Dado el contexto actual, estos datos cambiaron radicalmente. La gran mayoría de los inmigrantes venezolanos se quedaron sin trabajo y alrededor de 55 mil familias se quedaron sin hogar por no poder pagar un alquiler y ser desalojados, según la ONG Unión Venezolana Perú. A lo largo del camino a Lima, se veían incesantemente, los rostros tristes, de angustia y preocupación. Los padres con sus hijos pequeños en un brazo y la maleta improvisada en el otro, en medio de la carretera, kilómetro tras kilómetro; fueron imágenes inevitables y que se iban normalizando conforme avanzábamos más en el trayecto.

Padres venezolanos con sus tres pequeños hijos. Chimbote, Huaráz.

La mayoría de los venezolanos que me detuve a observar, notaba que lograban obtener algo de dinero en las zonas urbanas, mientras que, en los pueblos pequeños preferían descansar, y así, ir avanzando hacia su destino final. En la provincia de Santa, la provincia más grande del departamento de Ancash, pude observar cómo arropaban a sus pequeños entre maletas y bultos, mientras los padres esperaban el cambio de color del semáforo, a rojo, y allí aprovechaban para limpiar parabrisas con instrumentos improvisados. Algunas madres venezolanas se mostraban a la defensiva, intenté brindarle ayuda a un niño— quien no tenía con qué abrigarse — y su mamá me miró con suspicacia, quizás, creyó que quería atacarlos o hacerles una foto sin más. No pude entender bien su reclamo y el camino seguía. Sin embargo, cuando paramos a abastecernos de gasolina, entendí mejor la situación de desconfianza que había sentido antes. El vendedor de la estación de servicio nos comentó que no existe mucha armonía entre los venezolanos errantes y los pobladores de los alrededores. Nos dijo que incluso ha habido casos de asaltos entre ambos grupos.

El último tramo del viaje

Al analizar la situación narrada anteriormente, no evitó que desvíe mi mirada de las lamentables circunstancias que atraviesan la mayoría de peruanos, quienes, a pesar de estar en su tierra, deben afrontar la informalidad de sus trabajos desde hace décadas y las consecuencias de esto, empeoraron durante la cuarentena. Recién durante el camino noté como mecánicos, vendedoras de menús al paso, costureras, estilistas, entre otros, tuvieron que dejar de realizar las actividades que le daba el sustento diario a su hogar, para estar a salvo de un virus para el cual pasan los meses y no hay vacuna. Normalmente, no nos importa lo sucedido a otras personas, desde la comodidad de nuestro confinamiento en una casa cómoda. Por eso, al ver negocio tras negocio con puertas cerradas, me causó preocupación. “Al principio, tal vez se pudo aguantar un poco, pero para mayo, no se podía estirar más la plata”— Contaba el señor Vivanco, dueño del principal hospedaje Vivanco en Casma, en donde tuvimos que detenernos a arreglar el automóvil a 360 kilómetros de Lima. Sus palabras tenían mucho sentido para mí ahora. No se puede hacer nada más que trabajar en lo que sea, cuando el dinero se agota, más en un país como el nuestro. El teletrabajo está reservado para unos pocos privilegiados.

Al buscar quien nos repare el auto, supimos que iba a ser casi imposible que nos atendieran con normalidad. No había disponibilidad inmediata para ello, sobre todo por el miedo a ser descubiertos porque tenían prohibido realizar este tipo de trabajos; excepto dos mecánicos veteranos del pueblo de Casma, quienes generalmente estaban afuera de sus negocios, recibiendo clientes a puerta cerrada. Ellos no le tienen miedo al control, puesto que le tienen más miedo a la pobreza. Así que sigilosamente, ingresamos el carro a su taller y pudieron arreglarlo sin problemas, pero nos quedó la sensación del constante miedo a ser descubiertos rompiendo las reglas.

Lo que restaba de camino era básicamente lo mismo, a diferencia que el clima era cada vez más frío y se llenaba de neblina. Llegamos a Lima y parecía que todo había vuelto a la normalidad, desde los primeros días de junio. Sentimos el tráfico de siempre desde Ancón hasta la clínica Maison de Santé, en donde internaríamos a mi abuelita, en la avenida Benavides de Santiago de Surco.

Lima, el “ejemplo” del país

La dedicación y las atenciones prestadas a mi abuela enferma, durante el camino, me distrajeron un poco. Tanto, que al llegar a Lima e instalarla en su habitación para ser chequeada, recién noté que, desde Piura hasta Lima, el auto no recibió ni una sola inspección policial o interrogatorio de militares, a quienes les interesara el motivo de nuestro viaje. Eso ayudó a facilitar un poco el pesado trayecto de 16 horas, pero me pregunto qué sucedía con quienes viajaban por otros motivos. Pienso, tal vez, que incluso se podía viajar sin los permisos correspondientes y— con un poco de suerte—pasar desapercibidos.

El tratamiento de mi abuela también fue un poco engorroso, aunque efectivo.  La clínica tuvo que seguir protocolos para los cuales no parecían estar preparados en Piura. Había que hacerle exámenes y tomografías con urgencia. En Lima, aun hay centros médicos que no han colapsado como en el resto de provincias del país. Aunque, si mi abuela no hubiese tenido un buen seguro de salud, no la hubieran atendido tan pronto en un centro de salud estatal. Es evidente que las clínicas están disponibles en Lima, pero no te atenderán si no tienes el tipo de seguro que exigen o las grandes sumas de dinero de los gastos. Finalmente, mi abuelita logró recuperarse sin mayor percance, aislada de los pacientes enfermos por la Covid-19 durante los días posteriores y—gracias a Dios— retornamos a Piura a los 15 días después de ser operada, cuando ya estaba totalmente apta para viajar.

Regresamos a Piura cuando en Lima, ya se habían reactivado muchas actividades como las ventas en las tiendas por departamento de los centros comerciales. También, ese mismo día, hubo un paro de los transportistas, quienes se negaban a cobrar menos de 6 soles por pasajero, puesto que según las medidas de seguridad había que dejar espacios entre pasajeros, como medida de seguridad ante el Coronavirus. Por otro lado, en las noticias de esa mañana, se mostraban videos de grupos de jóvenes consumiendo alcohol fuera del toque de queda, en la calle. Por todo esto, mis percepciones en torno al comportamiento de los limeños cambiaron mucho, y ya no pasaba por mi mente, que solo en las provincias se veían más problemas o estábamos siendo más irresponsables, en comparación con Lima.

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Cierto es, entonces, que pese haber sentido mucho miedo en torno a la exposición constante que sufrí durante el trayecto del viaje, como el utilizar los baños de las estaciones de servicio, comprar snacks que tenía que desinfectar, hablar directamente con los mecánicos, dejar a mi abuelita en un hospedaje durante horas para que descansara, mientras solucionábamos lo del automóvil. La experiencia fue in cómoda y difícil y algo que no hubiese imaginado vivir. Pero, a la vez, me hace reflexionar sobre cómo finalmente pudimos solucionarlo todo. Mientras que otras personas, como los venezolanos inmigrantes o los vendedores informales de la calle, no gozan de las mismas oportunidades. Ellos solo intentan sobrevivir al día a día, mientras los demás habitan en el mundo egoísta del sálvese quien pueda.

Mecánicos veteranos esperando algún cliente.  Huacho, Lima.