Carlos Castillo, mi abuelo, disfrutaba la vida en el campo, por eso pasaba mucho tiempo en su parcela viendo sus cosechas y visitando a los pocos vecinos que tenía. Otra de las tantas cosas que le gustaba hacer era manejar, pues en su juventud fue chofer independiente y trasladaba a personas de Sullana a Piura y viceversa, razón por la que incluso, ya en la tercera edad seguía pensando en carros; aunque estoy segura de que sus mejores recuerdos fueron en el campo, junto al personaje principal de sus anécdotas: Andaluz, el caballo negro con una mancha blanca en forma de estrella en la frente, el fuerte y rebelde, que cuando veía charcos de agua inmediatamente se echaba.

“Calín”, como lo llamaban sus amigos, no tuvo mucha suerte, pues el glaucoma (enfermedad que daña el nervio óptico del ojo) avanzaba rápido, y posteriormente, ya en el 2014, el derrame le impidió volver a hacer muchas actividades, a pesar de haber ido a terapia. Todo inició el cinco de abril de este año. Mi abuelo contaba con el apoyo de una enfermera debido a su parálisis, ella lo acompañaba de lunes a sábado para reducir el trabajo de mi abuela, que por su edad ya no podía alimentarlo, asearlo, cambiarlo de la misma manera que lo haría alguien más joven y especializado. Mi mamá y mi tía se turnaban para reemplazarla los días que no iba, lamentablemente, ese domingo que inició el toque de queda ninguna pudo salir.

La neumonía fue la siguiente enfermedad que llegó a su vida, pero esta vez hubo muchos inconvenientes para tratarla y la cuarentena fue el principal problema. Era muy difícil encontrar enfermeros y médicos que pudieran atenderlo porque coincidencialmente lo que él tenía es un síntoma del coronavirus y más de una persona temía acercarse. 

Por su condición de adulto mayor, como familia, teníamos el temor de llevarlo a un hospital y exponerlo, así que decidimos que se le atendiera como en uno, pero en casa. ¿Era igual? Claro que no, y era una odisea hacerlo. Debíamos recurrir a conocidos que son enfermeros(as) y ellos por amistad o compromiso aceptaban, les dimos todas las facilidades posibles para que pudieran acceder. Si él requería tratamiento a las diez, once o doce de la noche, se le debía dar, por ello mi tía desde su casa iba a recoger al enfermero y lo trasladaba a casa de los abuelos para así poder colocarle su medicina y el suero. El médico le había dado una autorización para poder movilizarse.

Conseguir la medicina era complicado, muy complicado. No había farmacias, casi todas estaban cerradas porque atendían hasta las 3 de la tarde y si le daba fiebre, debían correr y buscar, la única abierta era la de una clínica. En esta los precios eran muy elevados, hubo personas que tenían a sus familiares en el hospital y por un medicamento debían pagar el doble o triple de su precio normal, incluso hubo quienes no pudieron hacerlo y regresaron con las manos vacías. Es triste e indignante ver cómo algunos se aprovechan de la situación y sobre todo de la necesidad de otros. 

El oxígeno en su cuarto, el enfermero más de las horas que estaba el anterior y el médico en la casa, pero jamás se podrá comparar con la atención que pudo tener en UCI. De un momento a otro su médico dejó de atenderlo, lo que generó duda con respecto a si tenía o no el temible coronavirus. En el fondo sentíamos que no, porque nunca salía y pocas “visitas” recibía, pero era mejor descartar, así que con temor mi mamá y mi tía lo llevaron al hospital para hacerle la prueba, lo atendieron afuera para evitar contacto con los pacientes, esta dio negativo y ¡qué alivio! Regresaron a casa con el fin de seguir dándole toda la atención posible, lamentablemente después de unos días ya no resistió.

La impotencia se apoderaba nosotros, sus familiares, que no pudimos verlo, visitarlo y darle el cariño y apoyo que tal vez él necesitaba en esos momentos. Tampoco pude despedirme, no le pude decir “adiós”. Es muy duro pensar cómo este virus, a pesar de no haber estado en su cuerpo, influyó en su muerte y en lo posterior a ella porque este es uno de los momentos en los que la familia quiere estar cerca, sentirse, apoyarse unos en otros y no se pudo. 

Por cuarentena no se puede tener a una persona que ha fallecido más de 48 horas en casa y su entierro fue al siguiente día, por obvias razones fue muy distinto a como de costumbre y solo 10 familiares pudieron asistir. Sobrevivir o lidiar con una enfermedad se ha vuelto un reto más grande, esperamos que esto acabe pronto para que más personas no tengan que pasar por una situación similar. El coronavirus no afecta únicamente a los que lo contraen, sino a toda la población de distintas maneras, pero debemos recordar que, aunque los virus son contagiosos también lo son el pánico, el miedo, la calma, la empatía, la amabilidad y el amor.

Cómo la vida puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos, hace un tiempo disfrutábamos de tantas cosas que ahora solo quedan en nuestra memoria o con suerte, en nuestra galería de fotos. El coronavirus, un virus que está perjudicando no solo a un país, sino al mundo entero, nos sigue obligando a proteger a los nuestros con la distancia, ya lo dijo el presidente Martín Vizcarra: “porque te quiero abrazar más adelante, me distancio ahora”.

Estábamos acostumbrados a compartir nuestro tiempo con amigos y familiares, sobre todo en los momentos más difíciles, pero ahora todo cambió. Debemos cuidarnos y cuidar también a los más vulnerables, por ejemplo, a los adultos mayores porque presentan un mayor número de enfermedades y patologías crónicas, y la mejor forma de hacerlo es cumpliendo el distanciamiento social. Dejar de visitar a los abuelos era una de las cosas que nos causaba más nostalgia, pero lo hacíamos por su bien, hasta que llegó el día en el que la cuarentena se volvió un gran obstáculo para mantener la salud de uno de ellos, mi abuelo.